mayo 30, 2024 by ConTextos

Somos memoria de nuestros ancestros

Por Daisy Díaz.

Somos tiempo, el pasado de la memoria, el presente del compromiso, el futuro de los sueños.
Somos un río que nos une.
Somos el Sumpul que vive y canta.
Somos gotas unidas que traen vida y sueñan y que ¡nunca más! dicen entre silbidos.

En los 7 años y un poquito más que he formado parte de ConTextos, he tenido la oportunidad de acompañar a jóvenes brillantes, llenos de capacidades, que abrazan sus historias individuales y colectivas.

En estos procesos acompaño y guío pero casi siempre sé más o menos lo que voy a encontrar. Esta vez fue distinto.

Este 13 y 14 de mayo nos fuimos de madrugada, junto a un nuevo grupo de jóvenes, para acompañar la Conmemoración del 44 aniversario de la masacre del Río Sumpul en Las Aradas, Chalatenango.

Esta conmemoración es una celebración a la vida, la resiliencia y la organización de una comunidad entera que no quiere dejar morir los recuerdos en el que más de 600 personas entre mujeres, hombres, mamás, papás, abuelos, abuelas, hijas e hijos, marcaron un antes y un después en la historia de nuestro país.

ConTextos se sumó a esa comunidad fuerte, a tantos corazones, voces y abrazos, a la experiencia de escuchar y compartir desde distintos lenguajes, “los 5 lenguajes del amor” como dijo una de las jóvenes de la red.

Tras una caminata de un poco más de 3 horas en medio de las montañas de Chalate y con la carga de lo que se puede necesitar para estar bien dos días (o quizá un poquito más) comenzaba una de las jornadas más poderosas que he experimentado. 

Íbamos a ver cómo se organiza una comunidad, cómo se logra convocar a tantas personas para llevar a cabo una actividad y hacer resonar un objetivo en común. Pero vimos mucho más que eso.

Flores, nombres completos de personas impresos en un trozo de papel, pétalos multicolores, velas, agua; todo colocado en las piedras a la orilla del río para recordar, en un ritual, a las víctimas de esta masacre. 

Enfloramos el Sumpul con la energía de enflorar a personas que no aparecieron o que murieron ahí mismo.
Conocimos sobrevivientes que compartían sus testimonios desde la fuerza y alegría de reconocerse como parte de quienes mantienen su mirada puesta en esa historia. 

También vivimos silencios, una noche estrellada en medio de 200 árboles de fuego floreciendo en mayo y sembrados en representación de las víctimas y del rojo con el que se tiñó el Sumpul en esas fechas.

En ese silencio nos encontramos con personas conscientes de su historia y decididas a no repetirla, con una comunidad que alza su voz reconociendo la importancia de la organización y lucha colectiva por aportar a la transformación de sus comunidades.
De ellas nos llenamos de inspiración para re pensar nuestros espacios. Empatizamos. Porque todos y todas tenemos una historia que no queremos repetir.

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