March 16, 2017 by ConTextos

LAS SABIAS DEL CIF (CENTRO DE INSERCIÓN FEMENINO)

“Y usted, ¡no se enoje tanto!”
-Astrid, 23 años, viéndome hasta dónde yo no puedo

Hay muchos proyectos en ConTextos este año y desde 2016 empezamos a planificarlos. Después de un año fuera de los centros penales y de inserción, Soy Autor vuelve al contexto de encierro donde 72 privados de libertad encontrarán su identidad de autor. Desde el año pasado, el trabajo de 2017 vivía en mi cabeza y en mi computadora (o, más bien, Google Drive). Hay grants, indicadores, cronogramas, planes de trabajo, herramientas de monitoreo y evaluación, cartas didácticas, guías, lista tras lista de “qué hacer antes de iniciar”. Yo quería siempre una semana más para preparar, una semana para crear carteles y rutinas y todo para mi aula. “Bienvenida a la vida docente”, me dijo mi mamá, docente de primer grado.

Antes de la primera clase en el Centro de Inserción Femenino, me sentí como cuando hice rappel en una cascada en Guatemala. Ver como lo hace la otra gente es sencillo, factible. Si ellos pueden, no ha de ser tan aterrador. Pero cuando conectaron mi harnes a la cuerda, mi cuerpo tenía otras ideas. No me quería dejar ir por el precipicio. Una voz insistía podés, va a ser súper chivo y divertido. ¡Estas cosas te gustan! Sonreí, relajate.  Todo lo demás de mi cuerpo no obedecía a ninguna voz sino a algún trato que había hecho con las leyes implícitas que percibimos con sólo respirar, caminar, observar (gravedad, la física, esas cosas). La primera vez que intenté pasar al otro lado del precipicio, me vine arriba de nuevo, asustada pero sonriendo, intentando hacer que mi emoción dominara mi voluntad de sobrevivir en tierra firme. Así como en la primera clase, me dejé ir con todo lo que yo era en ese momento, mi mano agarrada a la cuerda por mi vida. Así, en la primera clase, me agarré a la carta y a todos los consejos de mis compañeros.

Compartí las rutinas del aula y pedí que levantaran la mano para participar. Seguí la carta hasta que mis pies tocaron las rocas al fondo del día. La cascada me golpeó y me mojó hasta el alma, pero terminé la primera clase feliz y viva. Escribimos poemas.

Me preparé para la segunda semana de clases con todo el optimismo que volverían a llegar todas las autoras de la primera. Antes de entrar al Centro, vimos a ocho chicas esposadas subir a un microbus. “Van a audiencia”, nos explicaron. Cuatro autoras esposadas.

Sus compañeras nos repitieron, “Van a audiencia”, sin imaginar la complejidad de esas tres palabras, pero faltaron más que cuatro autoras. De 15, llegaron 5. Agarré una silla y me senté frente a ellas y escuché. Escuché y aprendí que lo más evidente en la primera clase fue mi mano agarrada a la cuerda y no la emoción que sentía por empezar. La clase fue aburrida, una noción que otra autora me repitió gritando desde las rejas de su ventana: “¿HOY NO VA A SER ABURRIDO? ¡ES QUE SI ES ABURRIDO NO VOY!” En la urgencia que sentí por hacer todo y hacer todo bien, transmití una docente seria y enojada. Seria, enojada y completamente ignorante del hecho de que mis estudiantes autoras son adolescentes.

Después de nuestra plática, yo aún estaba por despachar a mi clase, viendo más las sillas vacías que las ocupadas. “Hagamos la clase, pues”, dijo una, indignada, “yo ya sé lo quiero escribir así que empecemos ya”. Leímos Mi pedacito de cielo otra vez, hicimos nuestros árboles de escritura para planificar nuestras historias y premiamos el uso de rutinas con un aplauso tipo cohete de vara. Nos reímos y también escribimos.

Después, quedó tiempo entre la clase y el almuerzo y nos invitaron a conocer el sector materno, un cuarto amplio con juguetes y camas donde duermen tres bebés y sus mamás. Las otras chicas se turnan cuidándolos para que las mamás estudien. Ahí, hablando de niños y nuestras edades y la vida, una autora sólo tres años menor que yo me sonrió y dijo, “Y usted, ¡no se enoje tanto! Así es el trabajo con nosotras”.

En mi cuaderno, anoté, “Yo las necesito”.

Por Anne Ruelle

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